Cuando pensamos hoy en un buen trabajo, solemos imaginar flexibilidad horaria, posibilidad de conciliar y, si se puede, teletrabajar desde casa. En la España de la posguerra, sin embargo, el éxito profesional se medía de otra forma mucho más básica: por la autoridad en el pueblo y por la despensa llena cuando el racionamiento apretaba.
Hubo un empleo que garantizaba todo eso a la vez: el trato respetuoso de don, pertenecer a la élite local y tener huevos, aceite o jamón en casa cuando a los demás solo les quedaba la cartilla. Durante los años 40 y 50, ejercer esa profesión convertía a quien la desempeñaba en una figura casi al nivel del alcalde o del cura del pueblo. Hoy, en cambio, ese mismo empleo acumula cientos de plazas vacantes semana tras semana porque cada vez menos jóvenes quieren asumirlo. Se trata de la Medicina de Familia, que ha pasado de ser un privilegio blindado a convertirse en una profesión de nicho en la que sobran pacientes y faltan manos para atenderlos.
¿Cómo era trabajar como médico de familia en la España de la posguerra?
En la España de la posguerra, ser médico de familia en un pueblo, era casi tocar techo social. No se trataba de un trabajo de oficina ni de un puesto burocrático gris, sino de una profesión que otorgaba automáticamente un tratamiento respetuoso, con el don por delante del nombre. A falta de redes sociales y currículums interminables, el verdadero símbolo de éxito era esa mezcla de respeto colectivo y seguridad material en un momento en que casi todo el mundo miraba con preocupación la cartilla de racionamiento.
El médico del pueblo formaba parte de las llamadas fuerzas vivas de la localidad, es decir, del pequeño grupo de personas con más peso e influencia, junto al alcalde y el cura. Su privilegio no era solo simbólico, también se notaba en la nevera y en la alacena. Gracias al sistema conocido como la iguala, un acuerdo por el que las familias pagaban al médico una cuota fija, muchas veces en lugar de dinero en efectivo se entregaban productos en especie. Mientras gran parte de la población sobrevivía a base de racionamiento, en la casa del médico no faltaban huevos frescos, aceite, jamón o incluso gallinas, un auténtico manjar reservado a unos pocos licenciados.
¿Qué ha cambiado entre el médico de pueblo de los años 40 y el médico de familia de hoy?
El cambio drástico llegó con la modernización del sistema de salud y el desarrollo de la Seguridad Social, que transformaron por completo la forma de ejercer. La figura del médico dejó de tener esa aura de autoridad incuestionable para convertirse en un profesional más dentro de una estructura sanitaria organizada. Lo que antes era un destino soñado para cualquier estudiante de Medicina, asociado a comodidad y prestigio social, empezó a parecerse más a un engranaje de un sistema complejo y lleno de exigencias.
Si se compara el antiguo médico de pueblo con el médico de familia actual, el contraste entre épocas se entiende de un vistazo. La misma profesión que en la posguerra aseguraba un estatus casi intocable, hoy se percibe de forma muy distinta por las nuevas generaciones de médicos.
Lo que antes era casi una meta vital asegurada se ha convertido en una opción que muchos jóvenes miran con cautela. El médico de familia ha pasado de tener la despensa llena por la iguala a tener la agenda llena de pacientes, y el brillo social ya no compensa igual la carga diaria.
¿Por qué la Medicina de Familia dejó 459 plazas sin cubrir en el MIR 2024?
La medicina sigue siendo, en general, una carrera vocacional, pero la especialidad de Familia parece necesitar un buen lavado de cara para volver a resultar atractiva. Hoy la realidad tiene poco que ver con aquella época dorada del médico de pueblo y, según los datos oficiales, los jóvenes doctores huyen de este destino con bastante claridad. En la convocatoria MIR de 2024, la especialidad de Medicina de Familia y Comunitaria batió su propio récord negativo: quedaron 459 plazas vacantes incluso después de una sesión extraordinaria de repesca.
Los motivos de este rechazo vienen bastante claros en el menú. Por un lado, la sobrecarga asistencial, que obliga a ver a decenas de pacientes al día, convierte la consulta en una carrera contrarreloj continua. Por otro lado, en muchas zonas de difícil cobertura las condiciones laborales son precarias, lo que hace que sea poco apetecible mudarse o quedarse allí a largo plazo. A esto se suma un salario que, comparado con el esfuerzo y la responsabilidad del puesto, ha dejado de compensar a buena parte de las nuevas generaciones, que ya no se conforman con el prestigio simbólico si el día a día se convierte en una maratón.
La preparación para ocupar una de estas plazas exige un sacrificio enorme que hoy no encuentra la recompensa de antaño. Tras seis años de carrera y un duro examen de oposición, muchos aspirantes prefieren renunciar a la plaza o repetir el examen al año siguiente antes que aceptar un puesto en Atención Primaria, el ámbito en el que trabajan los médicos de familia. De ahí que lo que hace setenta años aseguraba una vida de comodidades y prestigio social se haya convertido ahora en una profesión de trinchera donde, paradójicamente, hay trabajo garantizado todas las semanas porque faltan manos para cubrirlo.
¿Qué pueden hacer los futuros médicos ante esta realidad en Atención Primaria?
Con este panorama, es lógico que muchos estudiantes de Medicina se pregunten si realmente les compensa elegir Medicina de Familia. La especialidad ofrece estabilidad y una demanda constante de profesionales, pero a cambio de una carga de trabajo intensa y unas condiciones que, en muchos casos, no se corresponden con el esfuerzo invertido en formarse. La pregunta clave ya no es solo qué prestigio tendrá el título, sino qué tipo de vida va asociado a ese puesto.
A partir de la información que se conoce, cualquier futuro médico que se plantee esta especialidad puede tener en cuenta varias ideas prácticas antes de tomar una decisión:
- Valorar si, tras seis años de carrera (o más) y un duro examen de oposición, compensa aceptar un puesto en Atención Primaria o repetir el examen otro año, tal y como hacen muchos aspirantes.
- Tener presente que la Medicina de Familia ofrece trabajo prácticamente garantizado porque faltan manos para cubrir plazas, pero a costa de una fuerte sobrecarga asistencial con decenas de pacientes cada día.
- Revisar hasta qué punto las condiciones laborales en zonas de difícil cobertura y el salario que se ofrece encajan con sus expectativas personales y familiares.
- Preguntarse si se busca más estabilidad y servicio público que estatus social, ya que aquella autoridad casi intocable del médico de la posguerra ya no existe.
Elegir Medicina de Familia hoy implica un ejercicio de realismo: ya no hay iguala ni despensas rebosantes pagadas en especie, pero sí un papel esencial en el funcionamiento diario del sistema sanitario. Quien apueste por esta especialidad lo hará menos por el título y más por la vocación de estar en primera línea, sabiendo que la profesión ha cambiado tanto como el país que la rodea.







