Los dos estadounidenses abandonaron Kansas City en agosto de 2024 y se instalaron en Saranda. Ahora ayudan a otros extranjeros a trasladarse al país.
Sam Correll y Spencer Claiborne cambiaron una casa histórica y dos empleos corporativos de seis cifras por una vida en Saranda, Albania. Se mudaron desde Kansas City en agosto de 2024, cuando tenían 36 y 28 años. La historia fue publicada por Business Insider el 17 de abril de 2026, por lo que no se trata de una mudanza reciente. Su decisión nació del deseo de viajar y construir otra forma de vida antes de alcanzar la jubilación.
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La estabilidad del sueño americano dejó de parecerles suficiente
Antes de marcharse, ambos habían alcanzado una estabilidad que muchas personas asociarían con el éxito profesional. Vivían en una casa histórica de Kansas City, completamente reformada durante la pandemia. La habían llenado de muebles, obras de arte y recuerdos familiares. También ocupaban puestos corporativos que podían desempeñar a distancia y cobraban salarios de seis cifras. Sin embargo, la rutina laboral y las reformas domésticas empezaron a resultarles repetitivas y poco ilusionantes.
El cambio no estuvo provocado por una crisis económica ni por la pérdida de sus puestos. Claiborne dejó su empleo, mientras Correll pensó conservar el suyo durante un tiempo. Ambos sabían que aquella solución no sería permanente. En España, una baja voluntaria y paro no suelen ser compatibles de forma inmediata. Su caso se desarrolló en Estados Unidos, pero refleja el riesgo financiero de abandonar dos salarios elevados sin nuevos ingresos asegurados.
El viaje de prueba que terminó llevándolos hasta Albania
Antes de vender la vivienda, hicieron un viaje de tres meses por Italia, Malta, Portugal, España y Reino Unido. Aquel recorrido era una exploración, no una mudanza definitiva. Regresaron después a Kansas City y todavía pasaron varios meses allí. Cuando decidieron marcharse, aprovecharon el mercado inmobiliario de verano para poner la casa a la venta. Albania no era inicialmente un destino cerrado, sino un lugar donde podían permanecer mientras diseñaban su siguiente etapa.
Saranda terminó encajando por su ubicación costera y por las condiciones de entrada para los estadounidenses. La guía consular estadounidense confirma que pueden permanecer hasta un año en Albania sin visado. Para trabajar, estudiar o superar ese plazo, deben tramitar un permiso de residencia. Una vez instalados, Sam y Spencer crearon una empresa y solicitaron la residencia por esa vía. Según su relato, recibieron permisos de cinco años en unos seis meses y gastaron menos de 2.000 dólares entre los dos.
Crear una empresa les permitió construir una nueva fuente de ingresos
Los dos llegaron sin un modelo de negocio cerrado. Habían trabajado en entornos corporativos y creían que sus conocimientos podían convertirse en servicios de consultoría. El salto guarda similitudes con otros profesionales que deciden dejar un empleo fijo para emprender, aunque cada proyecto parte de recursos distintos. En Saranda detectaron una necesidad entre quienes querían instalarse en Albania y desconocían los trámites, los permisos o los primeros pasos necesarios.
Actualmente ayudan a otros extranjeros a organizar su traslado y también celebran encuentros para expatriados. Correll reconoció: «No nos embarcamos en esto con un plan sólido». El reportaje no publica la facturación del negocio ni sus ingresos actuales. Por ese motivo, no puede afirmarse que hayan igualado los salarios que dejaron en Estados Unidos. Lo comprobable es que transformaron su experiencia de mudanza en una actividad profesional ligada a su nueva vida.
Por qué no quisieron esperar hasta la jubilación para cambiar de vida
La parte más difícil no fue únicamente profesional. Correll había crecido en una granja familiar y conservaba objetos pertenecientes a sus bisabuelos. También guardaba pertenencias heredadas de sus padres. A ello se sumaban los muebles y el arte acumulados en la casa de Kansas City. Claiborne resumió aquella barrera con una frase: «Eran nuestras pertenencias las que nos frenaban». Desprenderse de ellas resultó liberador, pero también emocionalmente complejo.
Ambos tenían 36 y 28 años cuando se mudaron. La edad influyó porque consideraban que aún tendrían margen para rectificar si el proyecto fallaba. No querían reservar los viajes y una vida internacional para después de jubilarse. Esa elección no elimina la necesidad de calcular gastos, ingresos y ahorros para la jubilación. Tampoco convierte su decisión en una receta universal.
Al cumplirse dos años desde la mudanza, continúan vinculados a Saranda y trabajan con personas que se plantean un cambio parecido.







