Tras más de dos décadas entre algunas de las cocinas más reconocidas de España, el cocinero aragonés ha regresado a sus raíces con Camín Postrería, un pequeño negocio de pan y repostería artesanal en San Mateo de Gállego.
Jorge Carlos Lanuza ha cambiado la investigación gastronómica y la alta cocina por las masas, los hornos y las recetas tradicionales aragonesas. El cocinero de Híjar, en Teruel, abrió el 27 de junio de 2026 Camín Postrería, un obrador situado en San Mateo de Gállego, Zaragoza, después de una trayectoria de más de 20 años en la gastronomía.
El giro puede parecer radical. Durante su carrera pasó por establecimientos vinculados a nombres como Arzak, Escribà, Xabier Barriga, Dos Palillos, El Celler de Can Roca y DSTAgE. En este último trabajó durante seis años junto a Diego Guerrero en el desarrollo de su departamento de I+D. Su historia y el origen del proyecto aparecen también detallados en la información facilitada como base para esta noticia.
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De la innovación de DSTAgE a recuperar sabores de Aragón
El camino profesional de Lanuza comenzó lejos de lo que había imaginado inicialmente. Estudió Químicas en Zaragoza antes de abandonar la carrera y formarse en hostelería. Uno de sus primeros contactos profesionales con la pastelería llegó junto a Eva Arguiñano, a quien considera una de sus grandes referentes.
Después llegaron años de formación y trabajo en algunas de las cocinas más conocidas del país. Su perfil profesional recoge experiencia en Dos Palillos, El Celler de Can Roca y DSTAgE, además de una formación ligada tanto a la cocina como a la pastelería y las técnicas gastronómicas.
Con el tiempo empezó a tomar forma otra idea: regresar a Aragón y construir un proyecto propio junto a su pareja, Sara Bello. Inicialmente pensaban instalarse en Zaragoza, pero una oportunidad en San Mateo de Gállego terminó cambiando sus planes. Allí encontraron un antiguo despacho de pan y detectaron espacio para levantar su propio obrador.
Raspaos, cañadas y magdalenas vuelven al escaparate
Camín combina elaboraciones contemporáneas con productos asociados a la tradición pastelera y panadera aragonesa. En sus vitrinas aparecen cruasanes, galletas, hojaldres o bollos suizos, pero también magdalenas, cañadas de aceite y raspaos.
Este último es uno de los productos con los que Lanuza mantiene una conexión especial. Se trata de una elaboración que recuerda de las panaderías del Bajo Aragón y que prepara a partir de una masa muy hidratada, azúcar, aceite y un acabado con licor de anís.
El proyecto también busca apoyarse en proveedores de proximidad. El obrador utiliza, entre otros productos, aceite de oliva del Bajo Aragón, harinas procedentes de empresas de la zona y huevos de una granja próxima. La intención de Lanuza es que la recuperación de recetas tradicionales vaya acompañada del apoyo al pequeño comercio aragonés.
Un pequeño obrador que no quiere crecer a cualquier precio
La llegada del negocio despertó expectación antes incluso de abrir sus puertas. Lanuza explica que los vecinos preguntaban durante las obras qué estaban preparando. Esa curiosidad continuó después de la apertura y algunas mañanas la producción llega a agotarse pocas horas después de comenzar la venta.
Camín funciona con un equipo de tres personas y abre al público de jueves a domingo. Durante el resto de la semana el trabajo continúa dentro del obrador para preparar la producción. Pese a haber recibido propuestas para distribuir sus elaboraciones en otros establecimientos, sus responsables prefieren avanzar de forma gradual. “Le damos más importancia a la calidad que a la cantidad”, explica Lanuza.
La existencia empresarial del proyecto también consta oficialmente. El Boletín Oficial del Registro Mercantil recoge la constitución de Camín Postrería Sociedad Limitada, con inicio de operaciones el 19 de enero de 2026, domicilio en la calle Ramón y Cajal de San Mateo de Gállego y Jorge Carlos Lanuza Ferrer como administrador único. La sociedad declaró un capital de 50.000 euros y actividades vinculadas al obrador, la panadería y la pastelería.
Después de años trabajando en gastronomía de vanguardia, su nuevo día a día transcurre entre vecinos, panes y dulces. Como él mismo resume al comparar ambos mundos, “en las grandes ciudades abren y cierran negocios todos los días. En un pueblo no”.







