Leyla Kazim contó en marzo de 2026 un experimento que realizó en 2013. La historia ha vuelto a circular sin aportar un hecho nuevo.
La historia de Leyla Kazim no ocurrió este verano. La escritora británica publicó el 11 de marzo de 2026 un ensayo sobre un experimento realizado en 2013. Durante un año, permaneció contratada por una empresa de software de Londres mientras dedicaba unos 15 minutos semanales a preparar sus reuniones. El resto del tiempo aparentaba estar ocupada. El relato ha vuelto a circular a finales de julio, aunque no incorpora una novedad sobre aquel episodio.
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El experimento ocurrió en 2013 y terminó cuando dejó la oficina en 2014
Kazim explicó que había entrado en una empresa de software en 2007, tras terminar sus estudios universitarios. Años después comenzó a sospechar que su puesto era irrelevante y que nadie comprobaba de forma efectiva sus resultados. Atribuyó aquel escenario a una reorganización y a un responsable que, según ella, no tenía claro su propio papel. Esa percepción la llevó a dejar de realizar tareas para medir cuánto tardaría la organización en detectar la falta de actividad. La prueba se mantuvo durante todo 2013, según la cronología publicada por la propia autora.
Su salida tampoco se produjo mediante un despido. Kazim afirma que abandonó la oficina en 2014 y pasó nueve meses viajando por el mundo. En el ensayo resume el desenlace con una idea concreta: el experimento acabó porque ella se marchó, no porque alguien descubriera su inactividad. Ese matiz resulta esencial, ya que el relato procede exclusivamente de su testimonio y no incluye una versión de la empresa.
Así mantenía la apariencia con reuniones breves y una hoja de cálculo
Antes de cada reunión semanal con su responsable, dedicaba unos 15 minutos a preparar una página y enviar varios correos. Después ordenaba una actualización convincente. Aseguraba que los proyectos avanzaban y que las partes implicadas estaban conformes. Según cuenta, su responsable aceptaba esas explicaciones y le pedía que continuara. No consta que se revisaran entregables concretos ni que alguien contrastara el contenido de aquellos avances.
Mientras permanecía ante el ordenador, planificó diez meses de viaje en una gran hoja de cálculo. Quienes veían el documento interpretaban que estaba relacionado con el trabajo. Kazim también recomienda dejar un rastro visible mediante algunos correos para reforzar la sensación de actividad. El material facilitado añade que mantenía preparada una web profesional e inclinaba el monitor para ocultar rápidamente sus búsquedas personales. Su experiencia conecta con el debate sobre la productividad y conciliación laboral. En especial, cuestiona que la presencia física pese más que los resultados verificables.
El relato cuestiona el presencialismo, pero no demuestra que el puesto fuera objetivamente inútil
La autora presenta el trabajo moderno de oficina como una representación donde la apariencia de esfuerzo puede tener más valor que el resultado real. Esa es su interpretación personal de lo ocurrido. El texto no identifica a la empresa ni describe con precisión sus funciones contractuales, objetivos o salario. Tampoco aporta documentos internos, evaluaciones de rendimiento o testimonios de compañeros que confirmen cómo funcionaba aquel puesto. Que nadie la cuestionara no demuestra que ninguna persona llegara a sospechar.
El debate sobre empleos percibidos como poco útiles no se limita a este caso. Una encuesta de YouGov realizada en 2024 encontró que el 33% de los trabajadores británicos consideraba que su empleo no contribuía significativamente al mundo. El 56% respondía lo contrario. El porcentaje había bajado ligeramente desde el 37% registrado en 2015, por lo que la sensación existe, aunque no representa a la mayoría.
Su experiencia no puede trasladarse automáticamente a otros trabajadores ni al marco laboral español
Kazim distingue su situación de los empleos con una carga excesiva. Sostiene que su ensayo se dirige a quienes tienen horas vacías ante un escritorio. No propone la misma conducta para quienes trabajan al límite o ven afectada su salud. Su conclusión personal consiste en cumplir lo exigido con rapidez y utilizar el tiempo restante en proyectos propios. Esa recomendación puede entrar en conflicto con obligaciones contractuales o normas internas de cada empresa.
Tampoco debe confundirse con la falta de trabajo en la empresa. En ese supuesto, la persona quiere prestar servicios, pero el empresario no le facilita tareas. En España, el artículo 30 del Estatuto de los Trabajadores mantiene el salario cuando el impedimento es atribuible al empresario, no al empleado. Tampoco permite exigir después la recuperación de ese tiempo. El caso de Kazim es distinto, pues ella decidió dejar de trabajar para comprobar si alguien lo advertía. Por eso, su historia sirve como reflexión sobre organización y supervisión, no como regla laboral aplicable a cualquier empleado.







