“Prefiero tirar mi cosecha antes que me paguen la mitad”: ¿Está justificada la decisión de Clara?, agricultora en Logroño

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Publicado por Israel Garcia
Fecha de publicación: 24 de marzo de 2026 a las 17:00
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Clara, agricultora en Logroño, durante su jornada en la explotación agrícola
La agricultora asegura que los precios en origen no cubren el esfuerzo ni los costes y advierte de que el modelo actual “empuja” a la desaparición del pequeño productor. Su testimonio pone el foco en la brecha entre lo que cobra el campo y lo que paga el consumidor.


El malestar en el sector agrario lleva tiempo creciendo y, para quienes trabajan la tierra, ya no es solo una cuestión de temporadas malas: es la sensación de que cada campaña es más incierta y menos rentable. Clara, agricultora en Logroño (La Rioja), lo resume con una frase contundente: “Prefiero tirar mi cosecha antes que me paguen la mitad de lo que vale”. Esta realidad nos hace preguntarnos cuánto gana realmente trabajando la tierra un agricultor, una cuestión clave para entender la viabilidad del campo hoy en día y que refleja la difícil situación económica que atraviesan muchos profesionales del sector.

Un trabajo a contrarreloj que no entiende de horarios

Clara cuenta que lleva algo más de cuatro años dedicada profesionalmente al campo como autónoma y que decidió continuar con la explotación familiar tras la jubilación de sus padres. Su objetivo era evitar que se perdieran las tierras trabajadas durante generaciones.

Su explotación es pequeña, de alrededor de una hectárea y media, y la gestiona casi en solitario. Cultiva tomates, melones y sandías con agricultura convencional, realizando gran parte de las tareas de forma manual, con herramientas básicas y el apoyo puntual de un tractor.

El ritmo, explica, es especialmente duro en verano: jornadas de lunes a domingo que pueden irse a 14 o 16 horas diarias. Y al desgaste físico se suma el mental, marcado por la incertidumbre del tiempo. Clara asegura que en cuanto hay avisos de tormenta o granizo, dormir se vuelve complicado. En su experiencia, unas inundaciones han llegado a arruinar campañas enteras.

“Me pagan 0,80 euros el kilo”: el precio en origen, en el centro del problema

La queja principal de Clara es el precio que recibe por sus productos. Según su testimonio, en demasiadas ocasiones se empuja al agricultor a vender por debajo de los costes de producción, que sitúa entre 0,35 y 0,40 euros por kilo.

En su caso, pone el ejemplo del tomate. Según relata, en Mercarrioja se lo llegaron a pagar a 0,80 euros o, en el mejor de los casos, a 1 euro el kilo. Mientras tanto, ese mismo producto terminaba a la venta en tienda por encima de 3,50 euros el kilo.

Para ella, esa diferencia no es un matiz: es la razón por la que muchos productores sienten que el sistema “no protege al eslabón más débil de la cadena”.

Competencia exterior y normas desiguales: “no se compite en igualdad”

Otro de los puntos que Clara considera injustos es la competencia de productos procedentes de fuera de la Unión Europea. Denuncia que llegan al mercado con precios más bajos porque, según su visión, no están sometidos a las mismas exigencias en materia de fitosanitarios, abonos o condiciones laborales.

Esa sensación de “reglas distintas” genera frustración entre pequeños agricultores, que ven cómo los márgenes se estrechan mientras las obligaciones se mantienen o aumentan. En su relato, el problema no es solo vender barato, sino no poder competir con un modelo que prioriza volumen y coste mínimo.

Burocracia, decisiones límite y un futuro en duda

Clara también apunta a la burocracia como un factor que ahoga a los productores pequeños, con cargas administrativas difíciles de asumir cuando no hay estructura ni personal para gestionarlas.

Fue en ese contexto cuando, según cuenta, tomó una de sus decisiones más difíciles: el año pasado, al intentar vender su cosecha, le ofrecieron pagarla a la mitad del precio del año anterior. En lugar de aceptar, decidió no vender y tirar parte de la producción. Para ella, “pasar por el aro” no solo perjudica al agricultor que cede, sino que acelera la ruina colectiva.

Su visión de futuro es pesimista. Aunque le gustaría seguir, asegura que no se ve trabajando dentro de diez años si las condiciones no cambian. A esa incertidumbre suma la falta de relevo generacional y la dificultad de que alguien joven empiece desde cero.

Aun así, intenta visibilizar su trabajo en redes sociales y reconoce que ha encontrado un pequeño respiro en la venta directa al consumidor, donde dice sentirse más valorada y con un margen algo más digno. Para quien quiera entender qué pasa en el campo, su mensaje es claro: el problema no es la falta de trabajo, sino la falta de precios que lo sostengan.

En un escenario marcado por cambios constantes, este tipo de situaciones reflejan cómo evolucionan las condiciones que afectan a trabajadores y ciudadanos. Si te interesa este ámbito, en nuestra sección de actualidad analizamos otras medidas, decisiones y debates que marcan el día a día económico y social.

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Israel Garcia

Redactor de noticias con más de 10 años de experiencia en distintos medios, especializado en sentencias laborales, contenidos virales y de interés humano, así como en prestaciones del Estado (pensiones, ayudas y subsidios). Me dedico a investigar y explicar la actualidad con un enfoque claro y cercano, para que la información que recibes sea útil, comprensible y siempre al día.

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